Salida de campo - Galería cultural o vitrina de turismo
Galería cultural o vitrina de turismo
I- Por qué Getsemaní
Quería comenzar este diario de campo con una cita elaborada y agradable a los sentidos; pero me parece que vale la pena darle un tono distinto, pues busco con él poderles transmitir mi experiencia casi como la viví.
Mi papá vivió en Cartagena casi toda mi vida, La Heróica se convirtió en un segundo hogar para mí. Aún así, cada visita llevaba a cabo la misma rutina, privándome de la vida arcoíris de la ciudad. Esta mentalidad de monotonía me abandonó hace un par de años, fue entonces cuando comencé a explorarla. Conocí todo tipo de lugares; desde el Mercado de Bazurto, hasta el ARC Quindío. Jamás se me pasó por la cabeza adentrarme en los callejones de Getsemaní; quizá, porque en mi familia permaneció el concepto de esta zona como otro barrio popular, un tanto inseguro y sin mayor atractivo, o porque no era, en su momento, mi “estilo”.
11 de abril de 2022
II- Primeras impresiones
“Del Getsemaní oscuro,
de burdeles, jíbaros y
calles escasamente transitadas,
poco o nada queda” (Orozco, 2014).
El Uber nos dejó casi en la Plaza de la Trinidad. Lo primero que llamó mi atención fueron las calles repletas de peatones; nada que ver con los pasadizos oscuros de los cuales mi mamá tantas veces se había quejado. Una vez comenzamos a caminar, me percaté de que en ese mar de gente se encontraban tanto locales como extranjeros, muy pocos menores de unos dieciseis años, compartiendo cierto aire de tranquilidad. Llegamos a la plaza y nuevamente nos recibió esta audiencia tan diversa, ahora reunida en torno a varios puestos de comida local y algunos artistas callejeros, quienes personificaban íconos de la cultura local (Guerreros Sol) y de la popular (imitador, según me enteré, localmente conocido como el Heehee Jackson).
Mientras mis amigos compraban desgranado, me dediqué a observar la forma en la que se desarrollaban algunas interacciones. Noté que la gente se hablaba muy poco entre grupos, pero no parecían tener la actitud tan colombiana de “no dar papaya” (yo sí la llevaba); simplemente, cada uno estaba enfocado en sus planes para la noche. Por otra parte, me di cuenta de que los gringos y europeos no levitaban; o, más bien, no los hacían levitar. Sin cruzar palabra con ellos, era fácil diferenciarlos; gracias a su color de piel y pelo, a sus pintas de turista, a las quemaduras en sus hombros y brazos, o tan solo a su forma decidida de caminar. Incluso así, se mezclaban a la perfección con la pintoresca escena.
Al contemplar esto, no pude evitar pensar en Bogotá. Siempre me ha parecido que en ella se conserva una leve esencia de su pasado colonial; se manifiesta, entre otras, con la maña de algunos capitalinos: caer rendidos ante cualquiera con acento, piel blanca, o un pasaporte “del otro lado del charco”. Aquí eso no pasaba, cosa que me gustó.
III- Conversaciones
Mi observación de la plaza se interrumpió por la llamada de una amiga con quien había quedado de encontrarme. Estaba pasando vacaciones en Cartagena, por lo cual tenía deseos de hacer todos los planes posibles antes de volver a Medellín. Al igual que los extranjeros de la plaza, tampoco parecía pertenecer a la escena pero se camuflaba en ella; y, justo como ellos, me dijo, lo único que quería era pasarla bien un rato.
Camino de vuelta a la plaza, donde nos esperaba el resto de nuestro grupo, reflexioné sobre los posibles enfoques diferentes que los viajeros le dan a la experiencia de visitar una nueva ciudad, especialmente una con un trasforndo cultural tan profundo como el de Cartagena. Decidí que la única manera de averiguarlo sin prejuicios era hablando con sus habitantes de turno. Tan pronto llegamos donde nuestros amigos esperaban, les advertí que me extraviaría por un rato y, sin perder más tiempo, comencé a revolotear.
El primer grupo con el que me topé estaba compuesto por tres jóvenes alemanes. Me presenté en inglés y pedí permiso para unirme a ellos durante unos minutos. Cuando se rompió el hielo, comencé a preguntarles sobre su viaje.
P- Entonces, ¿por qué Cartagena, entre tantos lugares?
Es uno de los destinos más recomendados en nuestro país. La verdad es que nos ha gustado mucho.
P- ¿Cuáles han sido las actividades principales de su viaje?
Hicimos un walking tour esta mañana y ayer llegamos directamente a la playa de Boca Grande. Estuvo bien, pero hay demasiada gente intentando venderte cosas.
P- ¿Compraron algo?
Solo algunos snacks, cervezas y un par de gafas de sol…
Conforme avanzaba la noche, descubrí que, mientras que varios turistas esperaban encontrar en Cartagena una suerte de escapada fiestera, un sitio de playa paradisiaca, o un paradero dónde comprar souvenirs, otros tantos demostraban verdadero interés en conocer la historia y la cultura de la ciudad. Al observar este contraste en sus actitudes, decidí preguntarles por el concepto de apropiación cultural (AC).
Repetí el pequeño guión que había trazado, con dos muchachos franceses y, cuando me dijeron que habían hecho un pequeño tour de la ciudad justo aquella tarde, les pregunté:
P- ¿Consideran que, al comprar artesanías o consumir otros elementos de la cultura local sin conocerlos a fondo, podrían estar haciendo AC?
No lo creo, no me parece que el turismo de esta naturaleza sea AC. Creo que sí estamos constantemente expuestos a la posibilidad, pero, siempre que seamos respetuosos con los lugares que visitamos y entendamos de dónde viene lo que vemos, estamos haciéndolo bien.
Justo al despedirme, me topé con los bailarines que se habían presentado hacía un rato, vestidos de Guerreros Sol. Les conté acerca de mi etnografía y, muy entusiasmados, accedieron a tomarse una cerveza conmigo. Después de una breve charla, pero antes de preguntarles por el trasfondo de su trabajo, me contaron un poco sobre la actividad turística del sector, en general.
En cuanto a la compra de recuerdos y artesanías, cuando se da directamente con los artesanos, aseguraron que sucede con sumo respeto y profundo interés por lo aquello que cada pieza representa. Sin embargo, cuando les pregunté si se daba la AC, no dudaron un segundo en poner el ejemplo de las mochilas indígenas. “Cuando ellos las hacen, les ponen su empeño y cada figura tiene su propio significado. Eso es muy diferente cuando las sacan otros al por-mayor… se pierde lo importante”. También me pusieron el tema de los famosos paseos en coche. Indignados, me contaron que quienes convierten el tour en un insípido paseo son, sorprendentemente, los guías, quienes deberían ser los protagonistas. “Les dan una vueltecita y ya, sabiendo que el deber ser sería que explicaran la historia completa de cada sitio. Son pocos, pocos que lo hacen por compartir y no solo por labor. Eso de la AC es responsabilidad nuestra porque uno, como nativo, representa una cultura y una historia, esa uno la tiene que llevar y dejar ver”.
Les agradecí por compartir sus opiniones y argumentos, y pasé a preguntarles sobre su acto. Resulta que se trata de un grupo de jóvenes que cartageneros y barranquilleros, amantes del Carnaval, que van a la plaza en temporada alta para conseguir “una buena platica demás”. Me sorprendí cuando me dijeron que han ganado premios Congo de Oro, y que llevan años participando en El Carnaval. Toda la idea salió, me contaban, de un libro de Samuel Tcherassi, una de cuyas páginas retrataba un grupo de guerreros africanos adorando al dios del sol. “Ahí fue que decidí. Me pinto de dorado desde los siete años”.
Nos despedimos y quedé de saludarlos en otra ocasión. Dí un par de vueltas, buscando a mis amigos y conversé con un par de grupos más. Entre ellos, captó mi interés un sueco que rodeaba los 35 años; milagrósamente se le entendían las palabras de lo ebrio que estaba. Decidí acercarme, porque… ¿por qué no?, y su respuesta… bueno:
P- ¿Sabes qué es la apropiación cultural?
No me gusta tanto la apropiación… ¿qué era? [cultural]. Sí, eso. Te estaba diciendo que no me gusta hacer eso porque es mejor vivir un poco. No siempre tienes que saber de cultura para estar juntos y vivir un poco.
Siguió por su camino y yo, por el mío.
IV- Graffiti, cervezas y casas medio llenas
(En este apartado me tomé el atrevimiento de resolver una de mis dudas con tesitimonios que encontré previo a mi salida) En futuras visitas corroboraré la información con nuevos testimonios.
“El graffiti es una de las pocas herramientas que
tienes si no tienes casi nada. E incluso si no se te ocurre una imagen
para curar la pobreza mundial, puedes hacer que alguien sonría
mientras está meando”.
Banksy, Banging Your Head Against a Brick Wall
Siempre me ha encantado mirar fachadas. Encuentro cierta satisfacción en un edificio moderno con paredes relucientes, y siento una emoción indescriptible cuando veo un muro donde decenas de artistas han dejado sus huellas. Este fue el caso de Getsemaní. Dominaban los muros grandes retratos de mujeres negras y algunos de niñas indígenas; también había varios grafitis de frases protesta o simplemente garabatos; sin olvidar los rincones estampados por una que otra cartelera de campañas publicitarias. Durante la salida, pensé que estas creaciones habían sido espontáneas. No fue hasta algunos días después que me enteré: “Antes del "boom" del turismo en Getsemaní "las casas solo eran pintadas de blanco y las puertas y ventanas de marrón, necesitábamos un cambio, unos colores que dieran vida al barrio", así lo explicó el guía local y gestor cultural Luis Carlos Lener a Portafolio.
En la misma fuente se explica que el cambio al barrio fue producto de una iniciativa llamada Ciudad Mural (2013), de la empresa Vértigo Graffiti y la Fundación Tu Cultura, cuyo fin era fomentar el turismo sostenible en Getsemaní. Así, se podrían compartir y preservar los valores, las costumbres, las anécdotas y las preocupaciones de la gente (Portafolio, 2020).
Seguimos un par de cuadras y llegamos a un pasaje más o menos de una cuadra tapizado en bares callejeros y lleno de mesas para pasar el rato. Si no me equivoco, ubicado entre la Calle del Pozo y la Calle de la Lomba. Nos demoramos unos minutos para conseguir sillas para todos, pero pudimos. Pedimos cocteles en uno de los puestos y, mientras llegaban, Sacha, un francés que habían conocido mis amigos un par de horas antes, nos invitó a una ronda de cervezas.
A pesar de que, se supone, el barrio está habitado por cartageneros, noté cierta ausencia de casas residenciales en las calles que visitamos. En su lugar, había bares, posadas y restaurantes de todos los precios y para todos los gustos. En el momento, no le di mayor importancia al tema y decidí cerrar la noche conversando con Sacha. Ahora, sin embargo, si me causa intriga la manera en la que el crecimiento del turismo ha venido desplazando lo que antes se conocía como Getsemaní. A pesar de que el reconocimiento mediático y el incremento en las visitas han favorecido la economía del barrio, la preocupación prevalece en la mente de los locales:
“Quienes conocieron el Getsemaní inseguro de hace cinco años, ven con buenos ojos este renovado Getsemaní que conquista elogios. Quienes recuerdan las hazañas de los lanceros que liderados por Pedro Romero gestaron la independencia de La Heroica, se rehúsan a que el llamado único rincón de la cultura cartagenera en el Centro Histórico, se convierta en “una vitrina más del turismo y el consumo extranjero”.” (Orozco, 2014).
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